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LA CHAPITA Y EL PAJE. Cuento de Navidad

Ya ni recuerdo cuándo pasó. Fue por Navidad, eso sí, una noche que salí con una amiga. Aún puedo ver su caminar de gacela, aquella pelliza que tanto le gustaba, sus vaqueros pegados a las piernas y las lucecitas de colores por doquier. Tomamos un par de cervezas en el bar del muelle y al salir tropecé con una piedra que no había visto, pero que ya había evitado antes en otras ocasiones. Disimulé. Será que me han sentado mal las birras, dije. Había notado que la oscuridad no era amable conmigo, pero me negaba a dar importancia a algo que intuía trascendente.

Me daba miedo pensar que podía incluso perder por completo la vista, como le había sucedido a mi tío, y huía de ello. Fui a una óptica, a cambiar de gafas, y fue allí donde definitivamente saltó la alarma que confirmó luego el oftalmólogo. Lo que padecía era una enfermedad hereditaria y degenerativa que no tenía, ni tiene, cura. No habría resuelto nada preocupándome antes, pero desde luego ignorarlo no formaba parte de la solución. Había un camino inevitable por recorrer. Reconocimiento. Rebeldía. Rechazo y aceptación. Cuando tomé conciencia de lo que me sucedía descubrí que la felicidad se relacionaba bien con esta última palabra.

La vida es mera sucesión de átomos de tiempo que, aunque lo hagan con distintas apariencias, se empeñan en regresar al punto del que partieron. Es de nuevo Navidad. Fuera hace frío y anochece pronto. Bufandas, gorros, lucecitas y el recuerdo de aquel día que, como siempre por estas fechas, vuelve a mí. Este año he pedido a los Magos que me permitan seguir coleccionando curiosidad. Me perderé algún color, no agarraré alguna mano que me ofrecen, no veré un rostro que se acerca afectuoso al mío y puede incluso un día no vea nada en absoluto. Pero, suceda lo que suceda, no se borrarán nunca de mi memoria los sentimientos anidaron en mí y habrá otros nuevos, igual de hermosos, aunque los perciba de otra manera. Quizá después de la aceptación haya que incluir la esperanza.

Las Fiestas se encaminan ya hacia el final. Es noche de Reyes. El trastear de los Magos en el salón me despierta. Hubo un tiempo en el que creía que subían con los camellos y que eran ellos quienes alborotaban, ahora sé que no. Me acerco de puntillas para intentar sorprenderles, pero uno de los pajes me para en el pasillo. Cruza sus labios con el índice, sisea y sonríe. Viste una túnica lila y oro sobre la que llevaba pinchada una chapita redonda que me llama la atención. Es blanca y, en medio, hay un ojo de iris verde y pupila negra. La señala con el dedo y se tapa levemente los ojos con la mano. Leo ‹‹Tengo baja visión›› y, con la imagen en la cabeza, regreso a la cama. Por la mañana, al despertar, la imagen sigue presente en mí cabeza. El pasillo estaba oscuro, apenas la lucecita del enchufe, y sin embargo recuerdo hasta el último detalle. Debe ser cosa de los Magos porque con esa luz yo no puedo ver. Me incorporo y levanto la persiana. En la mesilla, encima de un sobre que contiene la documentación de un viaje a Grecia, hay un dibujo de la chapita. Sé que lo de los Reyes Magos es una hermosa fantasía infantil, sin embargo, el dibujo y el sobre están allí. Puede que mi imaginación se haya servido de una mano cómplice para lograr su objetivo, pero lo cierto es que el azul del Mediterráneo y su luz me esperan y que el dibujo de la chapita ha amanecido junto a mí. Me propongo divulgarlo, que sirva como identificación para aquellas personas que, como yo, aún no han perdido del todo la vista, pero tienen dificultades para desenvolverse en el día a día. No me cabe duda alguna de que, si se conociera, si nos identificaran por ese símbolo, nuestra relación con el entorno sería más fácil y amistosa.

Los Reyes Magos se han portado bien este año.

Autor: Agustín Mamolar

 

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