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VENDIMIA ACCESIBLE, primer encuentro de la familia Begisare.

Oion, 12/10/2019

El sábado, 12 de octubre día del Pilar, amaneció en Euskadi algo cubierto pero con la promesa de despejarse e incluso de mostrarse soleado, por lo menos tierra adentro, en la zona de Araba, La Rioja y Navarra, que eran los destinos de la excursión de la
familia Begisare.


Era la primera vez que realizábamos una actividad conjunta y nada menos que setenta personas pertenecientes a las asociaciones Retinosis Gipuzkoa Begisare, Retina Bizkaia Begisare y Retinosis Araba Begisare, nos proponíamos pasar un día de confraternidad, visitar las Bodegas Valdemar en Oion (Araba), y realizar un almuerzo de hermandad en el Restaurante Palacio Pujadas, en Viana (Navarra).

Dos autobuses, saliendo uno de Bilbao y otro de Irún para con la intención de recoger por el camino a excursionistas de otros puntos del trayecto. Un viaje muy agradable, en el que se cruzaron infinidad de conversaciones, además de las referentes a las distintas dolencias oculares, como era de esperar en un encuentro terapéutico como este.

El templo del vino
Tras cerca de dos horas de viaje, un sol de justicia recibió a los dos autobuses de excursionistas en la amplia explanada de la bodega de Oion, pista de aterrizaje de decenas de camiones que, año tras año, descargan en el mes de septiembre las uvas de las fincas de Valdemar.
Estábamos en el ‘templo del vino’, como algunos habitantes de la localidad alavesa denominan a estas majestuosas bodegas, gestionadas por cinco generaciones de la misma familia durante los últimos 130 años. La verdad es que impresionan, no porque elaboran más de dos millones de botellas al año, sino por sus modernas, estilizadas y enormes instalaciones de producción.
Precisamente, en esta ocasión el primer contacto del excursionista con el mundo del vino fue la elaboración personal del mosto, extraído directamente de la propia uva tempranillo que pusieron en nuestras manos. Esta labor la hicimos manualmente, ya que en octubre no quedan racimos suficientes para pisarlos, como hubiera sido lo correcto.
Todos a una, separamos gajo a gajo las uvas de los escasos racimos y los depositamos en varios boles para, posteriormente, acceder a una pequeña prensa que los transformaría en un mosto vivo, oloroso y brillante cuyo sabor dulzón y fresco cautivó al excursionista, que lo paladeaba acompañándose de un diminuto panecito de cata.

Ronda de catas
A la salida de realizar nuestra primera ‘cosecha’, los setenta excursionistas de Begisare nos dividimos en tres grupos, por territorios, para asistir a las catas de diferentes vinos de Bodegas Valdemar. A cada uno de los grupos asignaron a una experta en enoturismo que nos fue asesorando y explicando las cualidades de cada añada y el maridaje gastronómico que pudiera corresponderle. Elena Macua fue la experta que atendió al grupo de Bizkaia; Marisa Alonso al de Gipuzkoa, y Cristina Boza al de Araba. Todas ellas dejaron un grato y agradecido recuerdo en los excursionistas. Contestaron a nuestras preguntas e incluso ampliaron la información de forma interesante y amena.
En la primera cata tomamos ‘Conde Valdemar Blanco Joven 2018’ maridado con una tostada de foie de pato. Las variedades de uva del vino son viura, verdejo y Sauvignon blanc. Este blanco presentaba un color amarillo pajizo con tonos verdosos. Limpio y brillante. Curiosamente presentaba un intenso aroma a flor de tilo, acacia y flor de almendro, y a frutas como pera y melón, según traducción de Elena Macua.
El grupo comentó que la entrada era muy fresca en boca, “con una buena acidez marcada, suave, delicado, con un retrogusto largo y muy persistente”, como confirmaría posteriormente nuestra guía.
Con la copa en la mano, las preguntas se sucedieron y también las respuestas.
“Nuestra bodega –dijo Macua– ha sido ganadora de un premio internacional a la innovación por los sistemas que hemos incorporado de información en braille y lengua de signos, lo que destaca en la visita sensitiva a nuestras instalaciones, y que las
convierten en únicas del sector en Europa”.

Valdemar Reserva del 2011
La segunda cata nos la ofrecieron en el corazón del templo del vino, justo en la parte central y más oscura de la bodega. A modo de cámara acorazada, de paredes forradas de centenares de miles de botellas durmientes, esta dependencia atesora lo más valioso de la empresa: la maduración lenta y silenciosa de los mejores caldos vinícolas de cada cosecha.
En la penumbra y en voz baja y temerosa para no despertar posibles espectros o entes de la uva, vete tú a saber, tomamos el mejor vino de la ronda: ‘Conde Valdemar Reserva 2011’. Un ‘excelente’ de ocho años, como también lo fue el de 2010. En esta ocasión fue maridado con queso semicurado y de procedencia Rioja. “Las variedades de uva de este vino –susurró Elena– son tempranillo tinto, graciano y
garnacha. Lleva 27 meses en barrica y presenta un intenso rojo rubí brillante. Nariz franca y compleja. Destaca la fruta madura con toques balsámicos y notas especiadas, muy equilibrado. En boca se muestra muy redondo, estructurado con un final largo y elegante”. Y, la verdad, gustó mucho al grupo de Retina Bizkaia Begisare.
Y también se sucedieron las preguntas y respuestas. “La uva que nosotros cultivamos y utilizamos en nuestros vinos son, en tintas: Tempranillo, Garnacha tinta, Graciano, Mazuelo y Maturana tinta. En blancas: Viura, Malvasía, Tempranillo blanco, Sauvignon Blanc y Verdejo”, dijo Macua.
Ante la enorme cantidad de botellas que rodeaban al grupo, se le preguntó a la experta qué clases de vino había allí. “Tenemos nuestra marca ‘Conde Valdemar’, que es la línea más tradicional y atemporal. Vinos que perduran en el tiempo, que aúnan la fruta nítida y limpia con una potencia y estructura equilibrada, con la frescura y sutileza característica de esta zona. Unos caldos que potencian las virtudes de los vinos
de esta tierra, de Rioja”.
“También tenemos –continuó Elena Macua– los ‘Pagos Valdemar’, nuestras selecciones más especiales. Es el exquisito resultado de un meticuloso trabajo en el viñedo, donde se miman las uvas autóctonas de Rioja para elaborar los mejores vinos”.

Al tercer vino nos juntamos
En la tercera cata, que la hicimos en el comedor de Bodegas Valdemar, nos volvimos a juntar los tres grupos de Bizkaia, Gipuzkoa y Araba. Bebimos ‘Inspiración Selección 2015’, un cosechero muy agradecido, maridado con chorizo y salchichón ibérico, y con tortilla de patata.
Y la experta dijo que “las variedades de uva eran tempranillo tinto, graciano y Maturana. Lleva 14 meses en barrica y presenta un color rojo rubí de capa alta. En nariz ofrece sutiles notas a vainilla y barrica bien integrada con el vino. En boca destaca la fruta madura, es goloso y con un postgusto muy largo”.
Salió la pregunta sobre ‘Valdemar Estates’, la sucursal que esta bodega ha abierto en Estados Unidos. “Se trata –dijo– de la primera bodega no estadounidense en el Estado de Washington, inaugurada en abril de 2019”.
Y añadió, “Actualmente, Bodegas Valdemar se encuentra inmersa en un proyecto único, ser la primera bodega no estadounidense en la región vitivinícola de Walla Walla: ‘Valdemar Estates’, una bodega tipo boutique que pretende ser un referente de esta denominación. Al igual que en Rioja, estamos en la búsqueda y adquisición de parcelas y fincas que destaquen por su personalidad para elaborar vinos de gran prestigio”, aclaró Elena Macua.

Restaurante Palacio Pujadas
Los excursionistas se despidieron de la bodega de Oion con un simpático regalo: un
libro de recetas creado por el Basque Culinary Center para Valdemar. Y los dos
autobuses pusieron rumbo a Navarra, concretamente a Viana, a tan sólo siete
kilómetros de distancia. El propósito era comer en el Restaurante Palacio Pujadas, un
establecimiento legendario y con mucha historia.
En un amplio y regio comedor se acomodaron los setenta asociados comentando,
en un principio, la impresión majestuosa de la fachada principal del palacio, ahora
convertido en un hotel de tres estrellas y dos amplios comedores, decorados con
escudos, emblemas bizarros y números vestigios de otras épocas, tal vez de los siglos
XVI o XVII.
En las mesas todavía se hablaba de los vinos degustados en Oion, cuando los
camareros sorprendieron con el primer plato, una ensalada tipo ventresca a la navarra,
que maridaba muy bien con el clarete que pidieron algunos de los comensales. Otros
optaron por el tinto “para no romper el postgusto”, bromearon.
A la ensalada le siguieron unas pochas de la tierra, aderezadas al estilo de la zona y
acompañadas, como es menester, por unas guindillas que iluminaban los ojos y
estimulaban la vocación al clarete. Posteriormente acercaron un bacalao en salsa de
tomate de la Rivera que, al mismo tiempo que hizo las delicias de la mayoría, obró
como bálsamo contra el efecto de las ‘piparras’ navarras.
Por si eso fuera poco, el comensal se sorprendió ante la presencia de unas
carrilleras en su salsa, que estaban francamente bien. El postre no se hizo esperar,
requesón en una fresca mermelada de melón.
La sobremesa se alargó varias horas y, a la salida, los comensales fueron
sorprendidos por un copioso chaparrón. Ya en los autobuses, el día comenzó a
declinar, y poco a poco, igual que la lluvia, se evaporó en recuerdos agradables.

Palacio de Pujadas
El Palacio de Pujadas, en Viana, data del siglo XVI. Se halla al final de la antigua
rúa de San Pedro, hoy calle Francisco Navarro Villoslada. Perteneció en sus inicios a la
acaudalada familia local Ramírez de Ganuza, una de cuyas hijas, Úrsula, se casó con
Rodrigo, uno de los hijos de Pujadas, llegados a Viana a mediados del siglo XVII.
La familia Pujadas era heredera directa del linaje de los Marqueses de Valdeolivo,
originarios de Aragón. Por la heráldica de su apellido y servicios prestados a la Corona
de España y a la cúpula del Obispado de Calahorra, la familia Pujadas abandonó Viana
a finales del siglo XVIII para desempeñar cargos importantes en Madrid.
En cuanto al edificio del Palacio, se trata de una construcción mixta, fiel de la época. Las fachadas dan a tres frentes: Navarro Villoslada, la plaza de San Pedro y la calle Tidón.
La mansión muestra en la fachada de la rúa Mayor la distribución de materiales
habituales en la ciudad: sillar en planta baja y ladrillo en las superiores. De las dos
puertas de accesos, una conducía hacia las habitaciones de los marqueses y la otra a
la zona dedicada a lo agrícola: cuadras, bodegas de vino y otras dependencias, convertidas hoy en comedores, salones del hotel y restaurante.
El palacio, según consta en diversos inventarios y testamentos, estuvo repleto de
pinturas, tapices, libros, armas, esculturas, reliquias, documentos… que fue reuniendo
el marquesado.

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